jueves, 3 de agosto de 2017

Nacer sin manual





Normas de inseguridad. Autora, Almu Ballester. Editado por RELEE, Red Libre Ediciones SL. Dirección editorial: Isabel Cañelles y Gabriel Tizón. Edición al cuidado de Clara Redondo. Primera edición, mayo de 2017. © Almu Ballester, 2017. © del prólogo, Clara Obligado 2017.

Portada (recortada) de Normas de inseguridad  


Nacemos sin un manual de uso de la vida, algo que sin embargo nos resultaría bien útil. Esta desorientación inicial, que en tantos casos se prolongará a lo largo de toda nuestra existencia, es algo que tienen en común, casi lo único, la mayoría de los seres humanos. Carecer cuando nacemos de un itinerario vital marcado provoca en cada uno de nosotros una infinita variedad de enfoques vitales y sus consecuencias.

Hay una obsesión bastante generalizada –quién sabe si para hacer frente a esta desorientación- que lleva a muchos a ordenar todo en listas de valoración o a encasillarlo, a clasificarlo en compartimentos; eso que quienes andan en esto de las artes llaman “estilos”. Y no faltará algún crítico remilgado que, no sabiendo en qué casilla meter Normas de inseguridad, llegue a decir que es una obra que adolece de eclecticismo.

Pero es que la vida es ecléctica. O variada, si se quiere: hay vidas tensas, dramáticas; otras que, por nuestra incapacidad para comprenderlas, nos parecen sacadas del teatro del absurdo; raramente, también las hay relajadas, alegres. Y dentro de esa enorme variedad, hay quienes pretenden ocupar el vacío de su vida con un desparpajo que es sólo frivolidad.

Almu Ballester por fuera


Almu Ballester llena la suya de experiencias propias y ajenas y dedica gran parte de su tiempo a ofrecérselas a sus lectores. Como en Normas de inseguridad, un título que llama la atención por la llamativa contradición de sus dos sustantivos y que, por la misma razón, bien podría parecer simplemente comercial. Si no fuera, claro, porque define con precisión de bisturí ese vacío de normas de uso de la vida con que nacemos. Esta colección de relatos viene a ser como la imagen que nos devolvería un espejo que sólo pudiera reflejar ese vacío; pero iluminándolo con flashes de estas vidas sin manual de usuario ni garantía.

El oficio de escritor hay que trabajárselo las 24 horas de cada día vivido y hacerlo durante toda la vida. Cada libro, cada lectura asimilada, cada frase captada en cualquier momento por el escritor, cada escenario de su existencia -y cada ambiente en el que se ponga a escribir- configuran un almacén de vivencias del que va sacando material para sus textos. Almu Ballester surte este almacén con todo aquello que le permite su vida en Madrid: sus viajes diarios en Metro, los profesionales aquí o allá. Y, entre otras mil vivencias, sus paseos por las playas y montes de esta Galicia por la que se siente atraída como las limaduras de hierro por un potente electroimán.

Red madrileña de aprovisionamiento de historias y personajes


Normas de inseguridad no es un libro que cae en tus manos. Al contrario, en cuanto lo abres y empiezas a leerlo te hace caer en sus páginas. Te absorbe porque invade tu presente con la fuerza y la eficacia de un comando de fuerzas especiales. Y, como estos comandos, lo hace en el mínimo tiempo necesario para una operación limpia y a la medida: justo la que cada lector necesita y el tiempo que precisa para devorarlo en una sola sentada. Pero, mientras lo lees por primera vez, te va creando la necesidad de su relectura sosegada con la misma, sosegada y precisa atención que requiere una cata de los mejores vinos. O una degustación de los platos más ricos y complejos.

Porque Almu Ballester en sus relatos “cocina” lo cotidiano y lo extraordinario, pero con la seguridad y confianza que proporciona la “lareira” de casa de la abuela. En sus relatos no cabe la pirotecnia de las palabras, ni un final sísmico por espectacular, pese a que los hay realmente sorprendentes. Ni mucho menos la moraleja sobre comportamientos y sucesos, aunque a lo largo del libro los hay que te hacen pensar. Es un libro de lectura fácil pero con un trasfondo que permite y pide –casi que exige- al lector una colaboración, una interpretación que trascienda la mera lectura.

En Normas de inseguridad no se ejemplariza ni se pontifica, sólo se cuenta. Nada menos, porque Ballester lo hace fotografiando lo que vive y ve vivir con una cámara de alta definición, con una mirada aguda que disecciona la realidad más allá de su espectro visible. Por eso, este libro sorprende como las imágenes de una cámara térmica que revela las partes frías y calientes de cuerpos, estancias y paisajes.

¿Almas frías, cabezas calientes?

Como revela la autora el espíritu de la gente y el de las cosas. Esa sustancia inaprehensible para la mayoría, que ella convierte en la luz con que impresiona las páginas de Normas de inseguridad como si éstas estuvieran impregnadas con una emulsión que ella misma produce y con la que pinta la verdad íntima y personal de lo cotidiano y de lo extraordinario. Tan cotidiano como “las bolsas que aprietan y el tiquet en la boca” (El orden natural) cuando sales del supermercado después de hacer a compra de la semana o en los viajes en metro presentes aquí y allá a lo largo del libro.

Algo tan cotidiano como como esa cocina en la que Sonia (Nubes eléctricas) intenta distraer su inquietud

“no es que le guste mucho la radio pero hoy no puede permitirse cocinar sin ella. Necesita canciones, noticias o una voz tertuliana que la convenza, cabree o al menos distraiga”.

mientras elabora algo para una visita que espera. O que teme. Que lo más aparentemente plano, en un giro inesperado, puede desembocar en lo extraordinario, eso que Ballester sintetiza con el simple cambio de una preposición -cuando la habitual “con” deja su sitio a una inesperada, casi furtiva “a”-, revelando lo indebido de una apropiación pactada, incluso contratada y hundiéndolo en nuestra conciencia con la sutileza y eficacia de una daga bien afilada.
Almu Ballester, quizás, por dentro

En realidad, ese eclecticismo del que hablábamos más arriba y que algún personaje -alguno remilgado, insisto- despreciaría, es la mejor virtud de un libro como éste. Porque gracias a él vamos a poder respirar el aire surrealista de Gente que mira escaparates, casi el mismo ambiente que en Hoy nevará adquiere un cierto punto de ternura doméstica; el drama oculto que encierran las apenas 13 líneas de Recursos humanos; la incómoda inquietud que, después de una montaña rusa de sensaciones y sentimientos encontrados, deja Piel o no. Y la poesía con que el protagonista de Maximo afán, lleno de un impulso vital que lo lleva siempre más allá de la vida un tanto roma que le ha caído en el sorteo,define su mundo interior:

“Permanezco así: intento que nada se mueva en el mundo mientras respiro la sonrisa que ella me pone, al tiempo que pronuncia un invariable ‘no, gracias’ en clave de sol”.

Sólo unos apuntes más para trasladar, sin destriparlo, algo de lo que se puede sentir leyendo Normas de inseguridad. Los dos primeros, en contraste: la ironía del doble sentido que una palabra (Prosperidad) adquiere según el bolsillo desde el que se mire y la precisión con que la media página de Corrección retrata toda la angustia del mundo T.O.C.

El tercero, las sensaciones casi sinestésicas que despietan algunos relatos. En Escribe como te diga se puede llegar a oír el “alegre” ruido de los niños en el recreo (aquél tan mortificante cuando te impedían participar en él). Se puede llegar a sentir el variado ambiente olfativo de un colegio: el olor de los niños ligeramente sudados tras ese recreo vedado a la protagonista; el aroma a madera y carbón de un lápiz recién afilado y ese otro, único e inimitable, de la goma de borrar. Y al final de esta humilde crónica, un solo apunte, precisamente sobre finales. En Normas de inseguridad hay muchos que sorprenden o te hacen pensar; pero el de Escribe como te diga es tan feliz e inesperado que, tras el asombro que produce, convierte en perfectamente desechable cualquier otro que pudiera ocurrírsenos.

Un dato para quienes quieran aprovechar estos días gozando de las Fiestas de María Pita en A Coruña. El jueves 10 de agosto a las 12.00 h., Almu Ballester firmará ejemplares de Normas de Inseguridad en la Feria del libro de A Coruña (caseta nº 3), junto al Teatro Colón. Ese mismo día, a las 19.00 h., se presenta el libro en Berbiriana libros e grolos (calle de Santiago nº 7 de A Coruña), donde acompañaré a la presentadora del libro, Arantza Portabales y a su autora, Almu Ballester. 

Pequeña nota biográfica final

Conozco a Almu Ballester desde que nació. Literalmente. De entonces a hoy, aquel bebé ha pasado por más fases que un lepidóptero hasta convertirse en la hermosa realidad literaria que hoy contemplamos. Como, por ejemplo:

Niña tímida y lectora voraz desde que aprendió a juntar las primeras letras, incluso desde antes. 

Colegiala con uniforme de falda escocesa a cuadros grises, verdes y granates (posiblemente como el que lleva la protagonista –INMENSA- de Escribe como te diga). 

Brillante universitaria, licenciada en filología hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid y máster en lingüística computacional por la Universidad de Heidelberg. 

Lingüista  al servicio de la Real Academia Española durante 12 años

Lingüista computacional en Goggle durante18 meses.

Guionista cinematográfica con guiones destacados por festivales de cortos como Alcine, Almería en Corto o Notodofilmfest. 

Escritora de relatos cortos: en diversas revistas literarias e Internet, como Leer y Cuentos ara el andén y en antologías como Incómodos (Ed. Relee). 

Actualmente trabaja como coordinadora de calidad y nuevas tecnologías en Linguaserve.

Un buen día te enteras de que ha escrito un libro, Normas de inseguridad,  y al poco tiempo, lo lees y te asombras. No porque la creyeras incapaz de ello -que menuda es esta familia...- sino por el hecho de que una “opera prima” impacte de tal forma a un viejo lector como el que suscribe, hasta el punto de atreverse a escribir esta reseña y colaborar en la presentación del libro, como arriba queda dicho.




domingo, 30 de julio de 2017

Música que serena, lecturas que apasionan





la serie de Antonio Lucas “Un ateo en Silos: Otra manera de callar”, un interesante relato de cómo vive la Regla de San Benito de Nursia “un ateo del s. XXI”.

Durante todo el día me dejé acompañar -transportar sería más exacto- por parte del buen canto gregoriano que atesora Spotify. Este canto no es una música exigente: no impone su escucha, se deja oír sin más y se conduce con la misma discreción del movimiento de un monje de clausura.


Ciprés de Sto Domingo de Silos


Gracias a la serenidad y concentración que el gregoriano siempre me permite, pude escribir siete horas prácticamente seguidas sobre un libro que necesita bastante menos tiempo para ser leído de cabo a rabo pero que exige volver a él para gozarlo más a cada relectura.

Próximamente os hablaré de él desde este blog y os contaré novedades en mi muro de Facebook.


viernes, 30 de junio de 2017

Música para un pintor de películas





El viernes 26 de mayo se celebró la gala inaugural de [S8], VIII Mostra de cine Periférico, en el Palacio de la Ópera de A Coruña con la proyección de del Fausto de Friedrich Wilhelm Murnau (Bielefeld, Westfalia, 1888 - Hollywood, 1931), en copia restaurada por Luciano Berriatúa (Madrid, 1949). La proyección fue acompañada de la música compuesta por Jesús Torres (Zaragoza, 1965) y estrenada en 2009, en el Teatro de la Zarzuela, por la Orquesta de la Comunidad de Madrid dirigida por José Ramón Encinar (Madrid, 1954).

La música Escrita por Jesús Torres no es la música “del Fausto de Murnau”: no es música incidental y, menos aún, una mera ilustración sonora de lo que se ve en pantalla. El Fausto de Torres es un encargo que el talento creador del compositor convierte, y utilizo sus propias palabras, una “música para la proyección de la película de F. W. Murnau”. Y aunque la suya es una música para el filme, no se habrá entendido si no se comprende previamente que también lo es desde el filme. Sobre todo habida cuenta de una característica esencial de todo el cine de Murnau.


Jesús Torres
Dice Berriatúa -miembro de la Asociación Española de Historiadores de Cine- que la verdadera vocación de Murnau –que, por otra parte, fue siempre reconocida por el cineasta alemán- fue la pintura. Desde ese punto de vista, el cine fue para él una técnica plástica, una nueva forma de pintura en movimiento que le permitía trasladar sus ideas a imágenes, apurando así su visión expresionista del arte. Su Fausto, como la mayor parte de su obra, responde perfectamente a esta vocación y ello se hace sentir a lo largo de los 107 minutos de su metraje.

Desde esta inspiración de la película, se entiende a la perfección el enfoque de Torres, en una obra inspirada por la estética y significado del filme pero no servidor sonoro de éste. La obra de Torres parece escrita desde la perspectiva visual del espectador del filme y le acompaña en su captación de las imágenes con una serie de sugerencias visuales elaboradas desde la partitura.

Ya en la escena inicial -la disputa entre Mefisto y el arcángel Miguel en las alturas del Cielo- “se  ve” desde el registro grave de los metales, subrayando ese punto de vista con lo que bien podemos considerar como un contrapicado audiovisual. Se produce en toda la obra una especie de desdoblamiento entre el hecho visual y el sonoro comparable al que pudiera experimentar una persona en lo que se ha dado en llamar autoscopia externa [1].

Escena de Fausto en contrapicado

Así, ambas obras transcurren en un cierto paralelismo expresivo, creo que voluntariamente incompleto y lleno de elasticidad, que les hace coincidir sólo cuando Torres decide. Son esos momentos-pico que toda obra necesita y que permiten al autor graduar y repartir adecuadamente el impacto de una música en su auditorio. Ambas obras se acercan se van acercando o separando al modo en que la catenaria de una red ferroviaria va pasando de uno a otro lado del trole de una locomotora.

El Fausto de Torres tiene una estructura de gran suite en nueve escenas, que se corresponden con los nueve grandes episodios de la película pero que tienen su propio desarrollo que hace coincidir esos momentos-pico antes mencionados con los pasajes de mayor tensión expresiva de ésta. Por una parte, los pasajes más dramáticos de vientos y percusión: la muerte del profeta es muy significativa en este sentido. Por otra, destaca el lirismo que Torres logra imbuir a los de mayor intimidad.

Rótulo de Fausto


Y, en ese trancurrir semiparalelo de música e imagen, se destacan momentos de gran belleza sonora, como cuando Mefisto propone a Fausto “un día de prueba” de su pacto; o la luminosidad de las campanas tubulares sobre la oscuridad del registro grave del piano. Otro gran momento es cuando el subrayado de las flautas otorga al vuelo de Fausto sobre la capa de Mefisto una preciosa sensación de levedad y ligereza.

También la ironía que subraya la doble relación, Gretchen/Fausto y Mefisto/Tía Martha en la escena Llega el amor, subrayada por el contraste entre lo sonoro y lo visual con música de un carácter cambiado frente a la escena del filme. Y que viene a resultar uno de los momentos cumbre de la partitura con el enorme lirismo del canto de los violines solistas.

Escena de Fausto


Y, como compendio final, dos momentos en los que la música de Torres brilla en todo su esplendor. Uno, el rechazo de Gretchen y posterior muerte de su hijo resulta toda una bajada sonoraa los infiernos . El segundo, la música de la última escena, La resolución final: esas dos voces sólo vocalizadas, sin texto,  que elevan el ambiente como siguiendo al alma de Fausto en su ascenso a la salvación en un gran crescendo emocional. Y el gran crescendo sonoro desde los laterales del escenario elevándose sobre el sonido de la caja y su brusco final, que dejan en todo lo alto las sensaciones causadas por una excelente partitura.

La interpretación tuvo la calidad que sólo se puede esperar cuando se unen elementos de la categoría artística idónea: en este caso, la dirección de un gran maestro -sobre todo en lo contemporáneo- como Encinar y una orquesta de la calidad de conjunto e individualidades como la Sinfónica de Galicia. La larga ovación del público de A Coruña fue el mejor refrendo a una sesión en la que lo visual, la música y la interpretación tuvieron la excelencia como nivel.





[1] Es la facultad o acto de verse delante de sí mismo, en estado de vigilia física ordinaria. En el ámbito de la psiquiatría se usan más las denominaciones como “alucinación autoscópica” o “doble autoscópico”. 

jueves, 1 de junio de 2017

...ocho, nueve...












...y veinticinco. La celebración de las bodas de plata de la Orquesta Sinfónica de Galicia llega a su fin. Ha sido una temporada de homenaje de la orquesta a sus músicos y a sus abonados, los dos pilares fundamentales de la fecunda relación que la OSG ha consolidado con su comunidad a lo largo de estos 25 años. El sábado 20 para los abonados de los viernes y el domingo 21 para los de los sábados, la orquesta gallega culminó el previsto Festival Beethoven con la interpretación de su Sinfonía nº 9 en re menor, op. 125. Casi dos semanas entre ensayos y conciertos: un duro pero satisfactorio trabajo y un placer concentrado para cada uno de esos dos pilares del éxito de la Sinfónica antes mencionados.

La satisfacción de poder celebrar una interpretación de la Novena por excelencia -la única de las novenas que no necesita apellido tras el ordinal para saber de qué obra se está hablando- con sólo el propio coro se unía a esa larga fiesta de la música que ha supuesto esta temporada. La creación y crecimiento de un coro de calidad con integrantes no profesionales es uno de los mayores logros de la OSG como institución cultural.

Este proyecto ha dado resultados de mayor calidad de lo que nadie podía esperar hace diecinueve años -el COSG dio su primer concierto en marzo de 1998-. Resultados que son fruto del esfuerzo de sus componentes desde hace ese tiempo. Pero también, y muy especialmente, del trabajo paciente y bien programado de su creador y director, Joan Company, quien ha sabido aprovechar y encauzar en él la gran tradición coralista de A Coruña.

Orquesta y coro durante la actuación


La versión de Slobodeniouk –hablamos del concierto del sábado 29, único al que pude asistir- tuvo su acostumbrada calidad interpretativa y gran fidelidad al texto de la obra. Han pasado ya veintiún años desde la publicación por Bärenreiter de la edición crítica de la Novena llevada a cabo por Jonathan del Mar y diecisiete desde la finalización del ciclo (la última, la de la Séptima, se publicó en 2000). Este tiempo y la generalización del uso de esta edición han permitido a músicos y melómanos gozar un Beethoven más cercano a lo que pudieron sentir los asistentes a los estrenos de sus sinfonías.

Pese a esto, la huella de las viejas versiones es profunda y muchos aficionados de todo el mundo y una buena parte de la crítica aún las tienen grabadas a fuego en su memoria. Los criterios se actualizan y corrigen y los gustos personales se educan. Pero las costumbres son difíciles de cambiar y tal vez hayan de pasar algunas generaciones para que la ligereza y la claridad en tiempos y texturas sonoras de las nuevas se imponga.

La Nouvelle cuisine de Paul Bocusse, los hermanos Troisgros y otros chefs franceses logró triunfar en los años setenta con platos más livianos y delicados de sabor que los de la cocina tradicional, además de una gran atención a la presentación. La mayor ligereza de tiempos, las texturas sonoras más límpidas y la presentación llena de claridad de los planos sonoros han sido una constante en la interpretación del ciclo por Slobodeniouk. Aunque es cierto que no todas las sinfonías brillaron a la misma altura, las interpretaciones estuvieron siempre entre la gran calidad y la excelencia.

En la Novena que coronó éste ciclo, la versión de Slobodeniouk, orquesta y coro fue realmente brillante en todos los sentidos. Fue una lectura analítica, muy bien estructurada y despojada de cualquier rastro de esas adherencias que en dicción, climas y mensaje se le fueron añadiendo con los años hasta convertirse en eso que llaman “tradición interpretativa” y que algunos quieren poner prácticamente a la misma altura que lo escrito por los autores.

El Allegro ma non troppo, un poco maestoso inicial marcó lo que habría de ser la versión, por tensión expresiva, claridad de planos y emotividad. El scherzo fue molto vivace, como Beethoven indica: el ritmo y un control dinámico muy bien regulado fueron sus principales características. El Adagio molto e cantabile fue el principal objeto de discusión por los aficionados a la salida del concierto. Atacado con un tiempo algo ligero, tuvo tanta emoción en expresión, texturas e intensidades como en la agógica -esas pequeñas variaciones del tempo no escritas en a partitura- aplicada por el maestro ruso; ésta, repito, dentro de un tempo general bastante ligero.

Manuel Moya, calentando emociones


La edición de Jonathan del Mar y la característica buena claridad de planos de Slobodeniouk permitió que gozáramos en toda la sinfonía de una infinita cantidad de matices expresivos. La emoción que solían proporcionar en este Adagio la lentitud y densidad antes acostumbradas - aquí ausentes, como decimos- dejaron paso a otra. La producida por los solos escritos por Beethoven para la cuarta trompa, que rara vez suenan con tal perfección técnica y tanta musicalidad como en la ejecución de Manuel Moya, una verdadera maravilla toda ella: soberbia en sonido y dicción e increíblemente precisa en unos saltos hacia abajo de alrededor de dos octavas, perfectamente ejecutados y de una limpieza inaudita. Muy notables fueron también los solos de flauta de Claudia Walker Moore y de oboe de David Villa.

Y el cuarto movimiento, la parte más conocida de la Novena, fue conducida con toda la grandiosidad contenida en sus notas y la aún mayor de su espíritu: este grandioso testamento sinfónico, el legado artístico que Beethoven dejó para goce de quienes, siglos después, seguimos beneficiándonos como herederos usufructuarios de su música. El estruendoso tutti inicial, o el empaste de chelos y bajos en el primer canto del motivo principal en pianissimo, fueron la rampa de lanzamiento de una brillante interpretación por la Sinfónica y el coro de la OSG.

Ambas agrupaciones mostraron una gran solidez general y ofrecieron una lectura minuciosa de cada detalle de la partitura. Es increíble la calidad alcanzada por los cantantes del Coro de la OSG y cómo ha crecido ésta en estos últimos años, llegando a estar su interpretación a la altura de otras escuchadas a coros profesionales y más veteranos.

El cuarteto de voces solistas cumplió en la medida de las expectativas. Josep Miquel Ramón estuvo sólido, seguro desde el recitativo inicial y generoso como en él es costumbre en esa frase terrible -Sondern laßt uns angenehmere anstimmen, und freudenvollere- de respiración casi inhumana. Ainhoa Arteta destacó en dúos y cuartetos y Gustavo Peña fue la voz de marcial energía necesaria en la sección Alla marcia. La  de Maite Beaumont quedó bastante eclipsada en los conjuntos, no en vsano es la parte solista más desagradecida de la obra.

La reacción del público fue realmente calurosa, con una larga y cálida ovación al finalizar la obra. También hubo unos tímidos aplausos al finalizar el primer movimiento, que entre el segundo y el tercero se convirtieron en un largo saludo inicial a los solistas. Esperemos que los usos “historicistas”  no lleguen a tanto como para que el comportamiento del público remede el de los conciertos de la Viena del XVIII y XIX, cuando los espectadores se llevaban de casa la merienda e interrumpían cada vez que les gustaba o disgustaba algun aspecto del concierto.




domingo, 28 de mayo de 2017

De música, ética y estética






El siete de julio es el día señalado: Dudamel se manifestará en cuerpo y música en la Praza do Obradoiro de Santiago. El mediático director dirigirá ese viernes a cuatro solistas catalanes, la Orquesta Sinfónica de Galicia, y el Orfeón Donostiarra en la Novena de Beethoven.

Hasta aquí, la noticia que ya he publicado en El País como informador sobre música clásica. Publicaré la crítica si cuando llegue el concierto tengo acreditación para asistir él. Como ciudadano consciente de los problemas de su sociedad, implicado en la vida musical de mi ciudad y de mi país, y disponiendo de alguna tribuna desde donde hacer pública mi opinión, mi deber como es denunciar todo aquello que encuentre de irregular en el ámbito de mi actividad.

Conociendo los datos para escribir la noticia, no he podido por menos de asombrarme. Aunque es sabido que la capacidad de asombro de un ciudadano español está continuamente expuesta a crecientes pruebas de resistencia, parece que la nuestra tiene una elasticidad casi infinita. Vayamos por partes:

Gustavo Dudamel

Dudamel viene como máximo exponente público e, insisto, mediático de El Sistema. Va a conocer a los niños y niñas de la Orquesta ReSuena, proyecto de la Orquesta Sinfónica de Galicia que financia Abanca. También a escolares de Galicia para transmitirles “la importancia de la música como pilar en la educación y para el desarrollo ético y estético de la sociedad”, según lo publicado en las redes sociales.

A partir de aquí es donde a cualquier ser pensante empiezan a encendérsele las luces de alarma.La presencia de Dudamel puede ser muy motivante para los miembros del proyecto ReSuena, pues todos ellos podrán conocer personalmente a quien es el paradigma de este tipo de actividades sociales. Perfecto.

Pero la Música ha sido prácticamente erradicada de los planes de estudio en las nuevas leyes educativas. Por eso, transmitir la importancia de la música a otros escolares, a quienes las leyes están privando en la práctica de su goce y estudio en la escuela, es algo bien diferente. Lo primero que se me viene a la cabeza es la imagen de un niño hambriento a quien han puesto frente a un escaparate de alta cocina y que no puede ni siquiera imaginar el pobre que esas “delicatessen” sirvan para comer.

Porque, en realidad, a quienes debería no ya transmitirse, sino inculcarse como idea, esta importancia de la Música es a las autoridades educativas españolas y gallegas. Para que dejen de combatir la formación de una ciudadanía con algún atisbo de sentido crítico, causa más que probable de la práctica laminación de las Humanidades en las enseñanzas primarias y medias perpretada por esas autoridades. Y más que probablemente, uno de los principales motivos de todas sus reformas en ese campo.


Banco de España

Y digo cualquier atisbo porque es justo ese sentido crítico lo que le falta a una ciudadanía que dé por buena e incluso celebre esa siembra de sentido estético -y no digamos ético- en escolares como actividad social de un banco comprado a precio de saldo tras ser saneado con el dinero de todos los españoles.







  



domingo, 21 de mayo de 2017

Razones frente a un tabú





A Coruña, 06.05.2017. Teatro Rosalía Castro. Una hora en la vida de Stefan Zweig, de Antonio Tabares. Dirección, Sergi Belbel. Reparto: Roberto Quintana (Stefan Zweig); Celia Vioque (Lotte Altmann); Íñigo Núñez  (Samuel Fridman). Dirección, Sergi Belbel. Escenografía: Max Glaenzel. Vestuario: Carmen de Giles. Iluminación: Guillermo Jiménez. Sonido: Jordi Bonet. Diseño gráfico: Ana Ropa. Ayudante de dirección: Antonio Calvo. Producción: Sala Beckett/Obrador Internacional de Dramatúrgia, Excéntrica Producciones, Una hora menos. Producción ejecutiva: Teresa Velázquez, Rafael Herrera. 

(No se entregó ninguna información en la función del sábado 6, por lo que esta ficha está basada sólo en informaciones obtenidas en Internet).

Zweig y Altmann

Vivimos en una sociedad hipócrita que hace pervivir toda clase de tabúes. Seguramente, es el suicidio el mayor de todos y es juzgado tradicionalmente –y desde luego es la tradición la que lo mantiene en esa categoría de lo innombrable- como la mayor cobardía o la más épica heroicidad. Porque es lo que tienen los tabúes: que no hay término medio respecto de ellos. Se entiende y hasta se glorifica el gesto del soldado que se lanza contra el enemigo aun sabiendo que va a una muerte segura. Pero la sociedad, nuestra sociedad, no admite que hay personas que, por muy diferentes causas, no pueden, no saben o sencillamente no quieren seguir viviendo.

Tal vez por eso, una obra como Una hora en la vida de Stefan Zweig se ve con real incomodidad por la mayoría de los espectadores. Esa mayoría que va al teatro en busca de un entretenimiento que les permita evadirse durante una o dos horas. Esos espectadores que una vez terminada la función aplauden educada pero algo fríamente, saliendo luego del teatro en un incómodo silencio. Hasta que a alguno de sus compañeros de butaca inicia una charla de contenido ligero o cotidiano que los libera de la tensión sufrida, que esta sociedad tiene la piel muy delicada.
Zweig y Altmann

Y si es ciertamente difícil entender las razones acumuladas o las emociones precipitadas que llevan a una persona a tomar esa decisión y llevarla a cabo, la de un doble suicidio como el de Stefan Zweig y Lotte Altmann se hace aún más incomprensible. Porque, por su personalidad como intelectual, cualquiera puede entender las razones que el escritor alemán enumera en su nota de suicidio que lee cuidadosamente su compañera. Especialmente si se admite que, como dice el personaje de Zweig, “la muerte es la última puerta hacia la libertad”.

Pero no es tan fácil entender que las tenga ella, Lotte Altmann. La erótica del poder –posiblemente, de ese “poder moral” sobre cuya existencia se discute en el texto- ha ejercido sobre ella una fuerza gravitacional que hace que su vida orbite alrededor de Zweig. Siente por él algo que es más adoración que admiración como secretaria devenida en compañera vital del escritor; y eso, sólo eso, nos permite vislumbrar los motivos de su decisión. Porque ella comprende, aun sin hacerlas realmente suyas, las razones de Zweig; pero su vida sin él estaría tan vacía que siente el vértigo de asomarse a un vacío existencial absoluto y ese vértigo la absorbe como un agujero negro del que, una vez traspasado el horizonte de sucesos, es imposible escapar. 


Representación  de un agujero negro

Hasta aquí, lo que iba a ser el final para la pareja; un final tan sereno como la escena que el espectador puede contemplar desde que se abren las puertas del teatro. Un amplio salón-estudio bien amueblado en el que los protagonistas, Roberto Quintana y Celia Vioque, repasan y ordenan papeles en silencio. Pero llega él.

Un extraño personaje, Samuel Fridman, es la clave del arco sobre el que Antonio Tabares construye la obra. Lo que iba a ser un aburrido suicidio -por ingesta de veneno en cama de matrimonio- de una asimétrica pareja muy lejos de su país se ve interrumpido por su presencia. Sólo la extrema cortesía de Zweig –que muchos espectadores, sobre todo jóvenes, pueden llegar a ver tan forzada como trasnochada- permite a éste perturbar tan supremo y tedioso momento.

A partir de la entrada en escena de Fridman, todo se trastoca. Las palabras del personaje perturban a la pareja. Sus verdades y mentiras se hacen difíciles, casi imposibles, de distinguir. El coleccionismo de Zweig es el hilo del que hay que tirar para comprender que el camino entre razones y sentimientos es de ida y vuelta y tiene principio y final en sus dos extremos. Como bien sabe Lotte, capaz de dar un giro de 180º a la situación cuando ésta llega a su máxima tensión.

Fridman

La dirección de Sergi Belbel resalta de forma exccesiva la serenidad de la situación inicial y sólo el actor que interpreta a Fridman evita –perdónenme el palabro- el emocionograma plano. Algo que sucedería si consideráramos solamente la actuación de Quintana y -en un grado ligeramente menor en este sentido- la de Vioque.

La función proviene de un montaje de proximidad y el escenario del Rosalía es, más que probablemente, demasiado grande para o ese salón-estudio en el que todo sucede. Las distancias entre muebles y el “horror vacui” que a tantos directores les produce un escenario grande pudieran ser la causa del gran número de lámparas de pantalla repartidas por todo el escenario ¡incluida una de sobremesa en el suelo!

Una hora en la vida de Stefan Zweig- es teatro de texto puro y duro y Altmann pronuncia una frase que resume la esencia de su contenido: “Podía habernos matado”. Esa reacción del personaje recuerda un curioso y enfermizo afán de las autoridades carcelarias de los EE.UU. en sus filmes: mantener con vida a los condenados a muerte hasta la fecha de la ejecución, no vaya a ser que al reo le vaya a dar por suicidares ¡o fallecer de muerte natural!

Como si alguien tuviera derecho a acabar con una vida ajena. Ni a prolongarla contra la voluntad del interesado. Pero esto ya es otra cuestión. Y otra función.