sábado, 6 de agosto de 2016

Emparedados y bigudíes





Investigando las posibilidades dramáticas de un espacio privado abierto al público y que funcionara como tal, el grupo creativo Montgomery encontró uno en el madrileño barrio de Malasaña. Sus características físicas y situación en la ciudad fueron decisivos para su elección como escenario para una función de teatro de proximidad. Su actividad –una peluquería llamada “Cortacabeza”- dio origen al texto de Lavar, cortar y enterrar. Un espacio escénico -con su recepción, sillones y secadores, bacías y lavacabezas, escaleras, sótano, cuarto de aseo- aportó naturalidad y fue el origen mismo de la obra que se puede disfrutar en el Teatro Colón de A Coruña desde el jueves 4 al domingo 7 de agosto.



Míriam Díaz Aroca ante el cartel de Lavar, marcar y enterrar

Y digo disfrutar porque Lavar, cortar y enterrar  es una comedia (sin más pretensión que hacer pasar un buen rato a los espectadores) con el exigente objetivo de hacer pasar un buen rato a los espectadores. Tacho y corrijo, que una mañana de sábado puede ser propicia a escribir frases hechas; pero la verdad es que hacer pasar un buen rato a la gente es una de los propósitos más difíciles, nobles y meritorios a los que puede aspirar un autor teatral.

JuanMa Pina, autor, director y miembro del grupo Montgomery, se lanzó a la tarea de escribir una obra para cuatro actores: teatro de cercanía por concepto y origen, que llega al público por sus textos, personajes y situaciones. Su texto crea unos nexos de complicidad con el público a través de unos códigos que facilitan el entendimiento de la obra a éste.

JuanMa Pina 

El texto permite un recorrido por el Madrid de unas décadas del s. XX, especialmente los años 80 y 90, los años de la movida, y da vida a unos personajes que el recuerdo del cine de la época hace perfectamente creíbles y casi identificables. Y es que  Lavar, cortar y enterrar es una comedia poblada por seis personajes encarnados por cuatro actores, pero también llena de situaciones cambiantes a lo largo de la función.

Todo esto llevado con un ritmo escénico creciente y sin descanso; pero no sin pausas, recurso que Pina inserta admirablemente en su texto y resuelve brillantemente en su trabajo de dirección escénica. Lavar, cortar y enterrar  tiene un ritmo prácticamente cinematográfico en el que las escenas en tiempo real se mezclan con “flash-back”, llevando al espectador por el camino –tan difícil de hallar para un autor- de la sonrisa casi continua, con paradas periódicas en suaves carcajadas.

Como arriba queda dicho, la obra respira la naturalidad derivada de su origen escénico en una peluquería real. Pero también la de unos personajes tan desmadrados como posibles -como reales, en definitiva-, que el público puede comprender y asumir como propios a través de ilustres antecedentes almodovarianos. Lo que no tiene nada de extraño, dadas las fuentes de inspiración del autor, que hace poco declaraba “Me encanta escuchar a mis amigos, estar atento en el metro, mezclar historias reales con locuras que sueño, ponerme a escribir sin saber a dónde voy y sorprenderme a mi mismo”.

Arturo y Gabi

Escribiendo Lavar, cortar y enterrar  debió de darse más de una agradable sorpresa. Y claro, si logra sorprenderse a sí mismo no es extraño que también sorprenda al público. Y que éste deje que su sonrisa flote en la fresca corriente de la función y que su risa surja ante las situaciones, diálogos ¡y silencios! eficazmente escritos por JuanMa Pina y brillantemente interpretados por sus actores.


El centro de este pequeño sistema solar de cuatro personajes muy reales y dos casi fantasmales es Gabi, la dueña de la peluquería en la que todo pasa -y en la que todo pasó-. Una mujer con un tono de pasotismo entre real y fingido, que dice mucho cuando habla y casi más cuando calla. Porque en cuanto pasan los primeros minutos de la función, cualquier espectador avisado intuye que sus silencios están llenos de acción interior, de pensamientos “con freno y marcha atrás” (perdone la cita, don Enrique), como se verá a lo largo de la obra. Míriam Díaz Aroca la encarna espléndidamente, con el necesario punto de cercanía a los límites de la actuación.

Fer y Gabi  
Fer es un peluquero eficiente, gay y neurótico. Su ausencia inicial del escenario lo bosqueja; la gestualidad corporal, la voz y los silencios de Mario Alberto Díez lo definen; lo bordan. Su actuación es de sobresaliente “cum laude” de principio a fin. Lucas y Vero son dos exalumnos de la Academia de Policía que tratan de resolver su(s) vida(s) sin (o al) percatarse de que en realidad no saben por dónde orientarla(s). La solución, un robo por butrón que acaba por ser más Rufufú que Rififí por los sabrosos “emparedados” que Gabi conserva al frescor del sótano de su peluquería. 

Los nervios y meteduras de pata de unos pobres diablos los ponen a los pies de los caballos o, lo que es casi igual pero más peligroso para ellos, en manos de Gabi. Su interpretación por Juan Caballero y Rebeca Plaza –En otras funciones se turnan con otros actores- es más que correcta y promete nuevos momentos divertidos en la secuela, ya estrenada en Madrid, No hay mejor defensa que un buen tinte. ¿Para cuándo en A Coruña?