martes, 28 de marzo de 2017

La OSG, en perpetuo ascenso







A Coruña, Palacio de la Ópera, 24 de marzo. Orquesta Sinfónica de Galicia. Juan Ferrer, clarinete; Jesús López Cobos, director. Programa: Carl Maria von Weber, Concierto para clarinete y orquesta nº 1 en fa menor, op. 73; Richard Strauss, Sinfonía alpina, Op. 64, Trv 233.

Orquesta Sinfónica de Galicia

Los conciertos de la temporada en que la Orquesta Sinfónica de Galicia celebra sus bodas de plata siguen su marcha ascendente, como si esta temporada fuese un gráfico representativo de la vida de la orquesta que midiese su crecimiento artístico a lo largo de estos veinticinco años. La semana pasada la Sinfónica mostró su fuerza social e institucional subiendo la Orquesta de Niños y todos sus coros en el escenario junto a la Sinfónica propiamente dicha. Todos, bajo la batuta de su director honorario, Víctor Pablo Pérez, estrenaron Troula, del compositor gallego  Juan Durán, en un concierto dedicado a la memoria de Alberto Zedda uno de los directores que más han influido en su calidad actual, por la que es internacionalmente reconocida.

Jesús López Cobos
Este último fin de semana fue el momento de celebrar por todo lo alto otra de las relaciones más fructíferas: la que viene teniendo (y todos deseamos que siga por muchos años) con quien durante algunos años fue su director principal invitado. Jesús López Cobos (Toro, Zamora, 1940) es, sin duda, el director español vivo de mayor prestigio internacional, con cincuenta años de experiencia en los que ha sido titular de algunos de los más importantes podios mundiales. Vaya como ejemplo su dirección general de música de la Ópera de Berlín (1981-1990), dirección musical del Teatro Real en Madrid (2003-2010),o su titularidad en la Orquesta de Cincinnati (1986-2000), Orquesta Nacional de España (1984-1988) o la Orquesta de Cámara de Lausanne, entre otras, además de ser principal o habitual director invitado de las mejores orquestas y teatros de ópera de Europa y América.

Con manos, boca y corazón
Juan Ferrer
Y continuando el homenaje que la Sinfónica viene rindiendo a sus músicos, estuvo también sobre el escenario del Palacio de la Ópera su principal de clarinete. Juan Ferrer (Montserrat, Valencia, 1968) abordó la interpretación del Concierto para clarinete y orquesta nº 1 en fa menor, op. 73 de Carl Maria von Weber. La obra constituye todo un reto técnico y artístico para cualquier clarinetista por su virtuosismo y su carácter. Las dificultades técnicas fueron mucho más que superadas por Ferrer, que dio toda una lección de ataques, respiración y control del sonido. Pero más aún de sentimientos expresados con esos medios.

En cuanto al carácter de la obra, es un fiel reflejo de la vocación y dedicación operística del autor. La introducción de su Allegro inicial  es casi una obertura en miniatura, en la que el clarinete aparece como el personaje protagonista para pasar en su desarrollo y recorrido armónico a lo que podríamos considerar la exposición del drama y sus personajes.

El motivo inicial de Adagio ma non troppo es casi una reminiscencia del principio del movimiento central del Concierto para clarinete, aunque un tono más grave que en éste y con el lógico cambio de valores de las notas que lo estructuran rítmicamente. Tras su serenidad inicial, bien semejante a la de su equivalente mozartiano, vuelve a mostrar la vena dramática de Weber. Los arpegios del clarinete fueron escalones por los que Ferrer ascendió a la atalaya de sus agudos, desde la que dominó con su instrumento el amplísimo panorama que, como un bello atardecer, parece surgir de la integración de su instrumento en el trío de trompas.


Momento final del Concierto para Clarinete de Weber
Foto cedida por OSG | © Pablo Rodríguez

Luego su buen hacer y su explosiva personalidad extrajeron lo mejor de la música de Weber del Rondó final: un allegretto en el que el músico de la OSG se mostró como el mejor protagonista de una obra llena de fuerza y lirismo. El espectacular final de la obra y la brillantez que solista y orquesta alcanzaron contribuyeron al gran éxito obtenido.

La ovación que recibió Ferrer el viernes quedará como una de las más sonoras y duraderas que se hayan escuchado para un solista en el Palacio de la Ópera coruñés. Jugar en casa tiene sus ventajas; pero sólo si quien lo hace responde a las exigencias. Y Ferrer lo hizo más que sobradamente el viernes –como, por otra parte, viene haciendo en su atril desde su incorporación a la OSG-.

La ovación fue correspondida por el clarinetista y sus compañeros de las secciones de cuerdas con la interpretación de Sholem-alekhem, rov Feidman!, una preciosa obra para clarinete sobre un tema tradicional judío escrita por el autor húngaro Béla Kovács. Sus breves minutos fueron de nuevo muestra tanto del virtuosismo y la sensibilidad de Ferrer como de la ductilidad de una orquesta que sigue asombrando día a día a propios y extraños.

López Cobos dirigiéndose al podio
Foto cedida por OSG | © Pablo Rodríguez

Clases magistrales
Varias impartió López Cobos en el concierto del viernes: la primera, de calidad humana y elegancia personal al dejar todo el protagonismo a Ferrer tras la obra de Weber; la segunda fue la breve charla micrófono en mano al inicio de la segunda parte del concierto. Priemero, en un cálido homenaje a la Orquesta Sinfónica de Galicia, a la que tan ligado se ha sentido desde la primera de sus actuaciones desde su podio, a principios de este s. XXI; luego, reclamando la necesidad de que disponga por fin de  “una verdadera sala de conciertos” yal final, una magistral explicación de la Sinfonía alpina y los ocho motivos o temas en los que se basa, que hizo tocar a las secciones orquestales correspondientes.

Y al final de su charla, la más adecuada y brillante de todas estas clases magistrales: su interpretación de una obra monumental por muchos motivos: el primero, los efectivos necesarios, más de 130 músicos, en escena y entre cajas, incluidos los de la Orquesta Joven (todos, pues, de la casa); un segundo es su extensión, cincuenta minutos largos; y en último lugar, pero siendo lo más importante, su grandioso círculo descriptivo de un día en las que quizás son las montañas más representativas de Europa.

Una versión como nunca se había oído en este Palacio de la Ópera, por adecuación estilística y claridad expositiva. Pero sobre todo por el rendimiento sonoro –y, lo que es más importante, musical y artístico- logrado por todas y cada una de las secciones de la orquesta y sus solistas. Imposible e injusto sería destacar alguna de aquéllas o alguno de éstos; absolutamente toda la orquesta fue un prodigioso instrumento en manos de un gran director, fenomenal músico excelente artista e inmejorable persona. 


López Cobos en el podio; Florence Ronfort, al fondo
Foto cedida por OSG | © Pablo Rodríguez

Ver la entrega de su ramo de flores a Florence Ronfort al final del concierto y contemplar los momentos que la siguieron fueron la mejor demostración de su calidad y calidez personal. Y es que cuando la idea está tan clara y el sentimiento es tan grande poco puede importar un pequeño desajuste provocado por una entrada omitida o algún gesto poco claro. Los aplausos de los músicos así lo afirmaron. La enorme ovación cuajada de gritos de ¡bravo! del público así lo corroboró.

Vuelva pronto, Maestro.



martes, 21 de marzo de 2017

Un minuto te puede salvar la vida






A Coruña Fórum Metropolitano, 18 de marzo. El minuto del payaso, de Teatro El Zurdo. Autor, José Ramón Fernández. Dirección, Fernando Soto. Intérprete, Luis Bermejo. Vestuario y escenografía, Mónica Boro mello. Ayudante escenografía, Alessio Meloni. Iluminación, Eduardo Vizuete. Maquinaria, Francisco Revaliente. Selección musical, Fernando Soto. Producción, Producciones El Zurdo S.L.Producción ejecutiva, Luis Crespo.


En un teatro cualquiera de España se celebra el día del “Festival de Homenaje al Circo” Un viejo payaso habla solo; está en el foso de maquinaria del local, un mugriento espacio en el que, rodeado por sacos y maromas de la tramoya, ha instalado su “camerino” personal. Éste consiste en una vieja maleta llena todo lo que le acompaña en cada actuación: su raído vestuario y mil y un objetos que irán apareciendo a lo largo de la función casi como personajes.



El minuto del payaso es, como toda buena función, un acto de voyeurismo que el autor brinda a cada espectador. José Ramón Fernández hace perpetrarlo en ésta sobre el soliloquio de un viejo augusto [1] mientras espera la llamada del regidor para salir a la pista. Para subir al suelo, en este caso, a fin de cubrir un intervalo ínfimo, de un minuto, entre dos números de ese “Festival de Homenaje al Circo”.

A lo largo de setenta minutos somos testigos de los recuerdos y vivencias del viejo artista; de sus sueños y frustraciones; de sus miedos y sus sentimientos de amor y de odio. De su vida pasada por el filtro –a veces ponzoñoso y otras catártico, pero siempre engañoso- del recuerdo.

Pulsiones en/para/por el recuerdo
Eros y Tánatos, las pulsiones de vida y muerte, de placer (casi siempre reprimido) y dolor que pugnan en cada ser humano, se van manifestando en el transcurso de El minuto del payaso. Aparecen en el recuerdo de la niña écuyere y lo que nuestro protagonista le escribía (Eros) pero nunca le llegó a decir (la represión); hasta que ella se fue con un domador de tigres, llamado Ángel para más inri. A partir de la marcha de su frustrado amor adolescente, el entonces casi sólo proyecto de payaso se (in)comunicó con ella con cartas que no llegaba a enviarle.

Y esa otra pulsión, el tánatos, derivada de la represión del eros. El recuerdo del padre y el ansia de su desaparición, física o  simbólica, que surge en el recuerdo de la imposición del oficio heredado. Cuando los padres le presentan su traje de payaso cortado, cosido y adornado por la madre –de augusto o de clown, para el caso es lo mismo-, él lo rechaza.

Los padres expresan su frustración: ella, expresando “toda la introyección” de su dolor en una sola sílaba: la final de disgusto convertida en un suspiro: “Ay, qué disgussz...” (primeras risas estentóreas). Él, quizás, de forma más dura: multiplicando el número y la fuerza de las bofetadas –no sé si está en el texto; da igual porque, a la postre, los recuerdos se deforman y también nos deforman-.

Y es que cuando desde niño se saca a los elefantes a orinar antes de la función para que no lo hagan en la pista –la meada de uno solo de ellos la inundaría- uno o que quiere es acabar siendo domador de proboscídeos. Lo que vendría siendo algo así como un ascenso en el escalafón; no como repartir o recibir “bofetadas con la mano abierta”, que tanto hacen reír al público, que tan poca gloria dan al que las reparte y tanta humillación pueden llegar a suponer para quien las recibe. Sobre todo cuando no se tiene vocación para ello. Si es que hay alguien que la tenga, que lo dudo.

Y, cuando al fin no le queda otra que formar parte de la troupe familiar de payasos, pide que le dejen caracterizarse son una simple nariz roja; tras conocer a Gaby, Fofó, Miliki y Fofito, “los payasos de la tele”, sólo quería la nariz como caracterización: ellos, los Aragón, apenas necesitaban más para hacer vibrar al público. Y un genio como Charlie Rivel no necesitó más que llorar-aullar apuntando con la suya al cielo para ascender al Olimpo del Circo y quedarse para siempre a vivir en él, incluso después de morir. Esto sólo oficialmente, claro, que los artistas como él nunca muernen. Y no se entierran, se siembran. Porque este mundo necesita payasos que puedan salvarte la vida con un minuto de su actuación

O a quienes actuar un minuto pueda salvarles la suya. Esa tarde ha venido a verle un productor de televisión quizás lo contrate para actuar todas las noches en un “late show”. Alguien que le llama Maestro, como a todos los artistas cuyo nombre, seguramente por desprecio, ni quiere ni logra recordar. Pero alguien que supone un madero al que agarrarse en el naufragio de su vida.



De dos en dos
Y así va pasando la espera hasta su “actuación-bisagra”, entre objetos que hacen cobrar vida a sus recuerdos, siempre girando en dualidades que él hace gravitar sobre el espectador. Que pueden lucir tan atractivas como una estrella fugaz, pero también esconder la amenaza de un Armagedón: la botella que “por días es retro o vintage” a la que, también por días, le da “un buchito o un chupito”; el pañito o el plátano, fruto con el que siente poder dialogar frente al advenedizo kiwi [2] o el brócoli, otro verdadero arribista [3]. Artificios verbales en el texto de José Ramón Fernández con los que el autor busca –y vaya si encuentra- la complicidad con el espectador.

Pero que en el fondo son el estribo que nos brinda el texto para subirnos al caballo de la risa o al del dolor, propio o ajeno. Porque la vida no deja de ser el recorrido por una serie de bifurcaciones en las que lo que decidamos (o nos decidan, como tantas veces sucede sin que nos enteremos) nos habrá de llevar a una u otra vertiente de esa cordillera llamada destino. Contra el que creemos poder luchar sin apercibirnos de que está más marcado que la baraja de un tahúr.

Casi como la disposición a la risa estentórea de algunos espectadores en respuesta monolítica a cada clímax de situación: el texto hace pensar, deja elegir; cada uno puede decidir en cada momento si lo que está viendo le divierte o le conmueve. O no. Quizás algunos no puedan más que huir montados en la risa; tal vez porque no puedan desatarse de la tristeza; acaso porque entonces la vida, como un caballo salvaje en un rodeo, acabaría por patearlos y aplastarlos.



En el foso
En el foso de ese circo, Luis Bermejo da vida y cuerpo al pobre payaso. En los setenta minutos de su interpretación, nos hace sentir, pensar o reír; incluso llega a acercarnos al llanto sin llegar a traspasar la sutil línea que lo separa de la reflexión. Justo al borde del melodrama. Gracias a su gran actuación y a lo acertado de sus límites, El minuto del payaso se podría calificar como comedia dramática o con el precioso término italiano drama gioccoso, de tan acertada utilización en la ópera.

Y es esta sutileza en el posicionamiento la que permite destacar la grandeza en el trabajo de Bermejo y la delicada  influencia de la dirección escénica de Fernando Soto: apenas perceptible pero decisiva. La escenografía y el vestuario, de Mónica Boromello, son idóneamente eficaces y la trama queda perfectamente centrada y situada. La iluminación contribuye plenamente a estos requisitos

Una reflexión final: uno se pregunta por qué producciones de calidad como El minuto del payaso o la portentosa Como si pasara un tren no llenan una sala de pequeño aforo como la del Fórum Metropolitano de A Coruña. ¿Qué sucede para que todo el gran esfuerzo que -desde la primera idea y su gestación hasta su realización final- supone un montaje no llegue a más público en una ciudad como A Coruña, que ha demostrado más que sobradamente su capacidad de respuesta a la programación cultural?






[1] La clásica pareja de payasos está formada por el clown y el augusto. El primero es “el listo” y suele llevar la cara pintada de blanco con una sonrisa entre cómica y calamitosa en su enorme boca. El augusto es es “el tonto”: el que recibe las bofetadas para regocijo del personal pero que tantas veces le da la vuelta a la tortilla, jugándosela al final al “cara pintada”.

[2] Según el Diccionario de la Lengua Española, edición del Centenario, advenedizo (2ª acepción) es la “persona recién llegada a un lugar o una actividad con pretensiones desmedidas. Y no me negarán que el brócoli encaja perfectamente en la definición, salvo lo de persona (condición de la que, por otra parte, bien se puede pensar que carecen los arribistas)

[3] También según el DLE, arribista es la “persona que progresa en la vida por medios rápidos y sin escrúpulos”.  Repito lo arriba dicho sobre la condición de persona de los vegetales y los humanos.

martes, 7 de marzo de 2017

Evocatio, elevatio et exultatio





Xunqueira de Ambía, Colegiata de Santa María la Real, 4 de marzo de 2017. The Gentlemen Singers. Evocations. Programa: St. Wenceslas, canto del s. XIV; Franz Biebl (1906-2001), Ave María (Angelus Domini); Hans leo Haßler (1564-1612), Missa super dixit Maria (selección); Arvo Pärt (1935), Da Pacem Domini; Claudio Monteverdi (1567-1643), Magnificat secondo; Ola Gjeilo (1978), Ubi Caritas; Grzegorz Gewarzy Gorczycki (1667-1734), Sepulto Domino; Francis Poulenc (1899-1963), Quatre petites prières de Saint François d’Assise: Salut, Dame Sainte / Tout puissant / Seigneur, je vous en prie / O me trè chers frères; Thomas Tallis (1510-1585), If Ye Love Me; Jan Jirásek, Missa propia: Gloria / Miserere / Gloria (piezas compuestas por The Gentlemen Singers); John Lenon (1940-1980) y Paul McCartney (1942): Eleanor Rigby (arreglo Václav Kovář) / Here, there and everywhere (arr. Lukáš Prchal) / Blackbird (arr. D. Runswick) / All You need is Love (arr. Petr Wajsar).


Foto | Alberte Paz
cedida por Pórtico do Paraíso

Pórtico do Paraíso, Festival Internacional de Música de Ourense, celebra su décima ilusión (es curioso cómo llegan a veces las palabras al pensamiento y cómo se trasladan al teclado: la inercia de lo correcto me dictaba edición, pero esa magia que se produce a veces cuando uno escribe ha hablado más fuerte dentro de mi cabeza, diciendo “ilusión, escribe ilusión...” Bueno, al fin y al cabo, cada edición de Pórtico do Paraíso no deja de ser una ilusión renovada). Éste es un festival con una personalidad muy distinta a la mayoría y artistas y público se sienten –nos sentimos- ilusionados ante cada nueva convocatoria del festival.

Si el concierto inaugural del viernes tuvo toda la solemnidad y grandeza que de él se esperaba, el del sábado 4 tenía el aliciente inicial –norma de este festival año tras año- de descubrir un nuevo ámbito arquitectónico como espacio de conciertos. La Colegiata de Santa María la Real de Xunqueira de Ambía se revelaba un contenedor idóneo para que un grupo como The Gentlemen Singers interpretara la música religiosa programada, con obras escritas entre los siglos XIV y XXI.

Foto de Alberte Paz
cedida por Pórtico do Paraíso
Y éste fue el primer gran acierto del programa: intercalar obras del s. XX entre cantos religiosos del XIV o de esa tradición católica creada a partir del Concilio de Trento, como tan acertadamente explicó Alexandre Delgado en su presentación del concierto del viernes en San Martiño. La entrada de The Gentlemen Singers desde la puerta principal de Santa María hasta su altar mayor -plena del mejor aroma procesional y del canto gregoriano- condujo a los presentes a un recogimiento más monacal incluso que el meramente musical.

Inmediatamente después, el octeto checo produjo en el Ave Maria de Biebl la primera transformación de la noche: divididos en dos grupos de tres y cinco cantantes, The Gentlemen Singers dieron materialidad espacial a la espiritualidad del s. XX. Una situación que tendría feliz repetición a lo largo del concierto.


Foto de Alberte Paz
cedida por Pórtico do Paraíso
En Da Pacem Domine, de Arvo Pärt, hicieron llegar al auditorio a un feliz estado como de recogimiento por elevación. La sensación de que una parte de cada uno de los presentes iniciaba una ascensión tan apacible como inevitable se apoderó de muchos de quienes allí estábamos y quedamos felizmente presos de ella. Los solos de pura raigambre gregoriana del Magnificat de Monteverdi contrastaban con la polifonía de las respuestas corales, mostrando cómo estos contrastes cumplirían en su época su gran objetivo: impresionar a los feligreses con la multiplicación de las voces en las preces.

Tras el Ubi Caritas de Gjeilo, la maravilla vocal de unos filados absolutamente inimaginables en el Sepulto Domino de Gorczycki: la mejor demostración de un dominio vocal apabullante, que llevó sus pianissimi al extremo de la ppppperfección. Las prières franciscanas tuvieron esa espiritualidad de lo sencillo, tan personal del Poverello de Asís y que tan adecuada parece para una verdadera relación de la pequeñez del ser humano con lo trascendente; llámese Dios, Naturaleza o Cosmos.

En la otra orilla
Parafraseando un lenguaje militar, The Gentlemen Singers acababa de consolidar el dominio de un gran territorio -la historia condensada de espiritualidad y religiosidad de siete siglos- y se dispusieron a pasar al otro lado de un gran río, al territorio de los arreglos o composiciones propias del grupo. Para ello atravesaron el puente tendido por Thomas Tallis –If Ye Love Me- para la conquista absoluta. La nueva orilla estaba en sus manos.

Una vez en ella hicieron una interpretación literalmente espeluznante (según el DRAE, lo que pone eriza el pelo o las plumas) de tres piezas de la Missa propria de Jan Jirásec. El dominio de la materia vocal fue absoluto, no sólo por el canto de todos y cada uno de los componentes del grupo sino –casi por encima y más allá de esto- por la sabia conjunción de alturas, timbres, dinámicas y afinación.

Foto de Alberte Paz
cedida por Pórtico do Paraíso
La obra impresiona por su armonía llena de bellísimas disonancias, sus letanías del bajo a modo de nota pedal fraccionada en palabras y sílabas... y unos glissandi descendentes individuales -a veces portadores de luz, a veces sobrecogedores en su desgarro- siempre impresionantes en su relación armónica con el conjunto. Esta magnífica interpretación musical tuvo una soberbia materialización espacial con los ocho cantantes dispuestos en círculo alrededor del altar mayor de la Colegiata.

Consolidada la cabeza de puente de la nueva orilla, sólo les quedaba terminar de conquistar los corazones de sus habitantes. Las canciones de The Beatles fueron las arma de construcción masiva con las que lo lograron. Fue realmente espectacular ver cómo una iglesia llena hasta los topes –con todos los asientos ocupados y muchos aficionados escuchando de pie- se entregó a los cantantes. Y cómo estos “se soltaron la melena” con una actuación llena de simpática alegría que hizo brotar sonrisas y más sonrisas en las caras de quienes los escuchaban.

Foto de Alberte Paz
cedida por Pórtico do Paraíso
Propinas ligeras, más cantos espirituales en procesión y con nuevas distribuciones espaciales elevaron la temperatura emocional casi hasta la fiebre. ¿O fue el tremendo frío físico que allí pasamos el que produjo la que ahora sufrimos?

A saber. Sólo puedo decir que mereció la pena.


viernes, 3 de marzo de 2017

¿Soñé por un momento?





Teatro Rosalía Castro, 24 de septiembre de 2016. La respiración. Autor y dirección, Alfredo Sanzol. Reparto: Pau Durá, Íñigo; Verónica Forqué, Maite; Nuria Mencía, Nagore; Pietro Olivera, Andoni; Martiño Rivas, Mikel; Camila Viyuela, Leire. Música, Fernando Velázquez; Escenografía y vestuario, Alejandro Andújar; Diseño iluminación, Pedro Yagüe. Construcción decorados, May Servicios, María Calderón.

Crónica borrada por error y republicada fuera de su fecha

La respiración es una de esas obras de las que uno sale preguntándose cosas; esa clase de teatro que con un tono y construcción de comedia presenta un drama personal de hondo calado. Algo así como un estanque rodeado de flores y alegres esculturas, en el que el agua translúcida permite entrever los desconchones que el paso del tiempo ha dejado en su fondo. La obra, que habla del amor y las relaciones humanas, es una crónica sobre la soledad: la que sufrió el autor, Alfredo Sanzol, por la separación de quien había sido su pareja quince años; la que en el texto vive Nagore, el personaje femenino protagonista.

Dice Sanzol que La respiración  es una obra terapéutica, escrita “para que me cure a mí y también al público” porque “el humor tiene una finalidad curativa; al poner en el escenario nuestras propias contradicciones y paradojas, hace que tomemos distancia sobre ellas, lo que nos ayuda a verlas mejor y a aceptarlas”.


Nuria Mencía

Nagore presenta su drama personal e íntimo al inicio de la función en un soberbio monólogo lleno de duras verdades y preciosas expresiones que nos hacen sentir una profunda empatía con el personaje (¿con el autor?). Con frases como “el hueco que dejan los pequeños ruidos”, que expresan de forma tan profunda como poética el dolor que se siente con la soledad impuesta. La que ella siente, por ejemplo, en su deambular nocturno por una casa vacía de sentido para ella.

La presencia y consejos de la madre, Maite, desencadenan toda la acción posterior y las situaciones humorísticas que Sanzol extiende como un bálsamo sobre los sentimientos de Nagore y su impacto en el espectador. Las clases de yoga; las relaciones cruzadas (cruzadísimas) de los seis personajes que se van descubriendo a lo largo de la representación materializan –o sólo simbolizan- ante el público el cambio de aires con el que Maite pretende que Nagore deje atrás su vida pasada y supere su dolor.

De izquierda a derecha: Pietro Olivera, Pau Durá,
Verónica Forqué y Martiño Rivas

La descabellada acción y el tono un tanto vodevilesco tejen un sutil velo entre escenario y platea, sobre el que nacerá la visión de la obra de cada espectador. Desde quienes simplemente hayan pasado un buen rato riéndose con las aventuras de Nagore y compañia hasta quienes hayan sentido sus desventuras como un reflejo de su vida. Desde quien se identifique con alguno o algunos de los personajes hasta quien después de salir del teatro haya seguido preguntándose cosas. Algo parecido a la sensación de permanencia de aromas y sabores que dejan los buenos vinos y que invita a catar más de esa bodega.

Alfredo Sanzol, presenta La respiración como “un regalo” para cuantos de alguna manera se hayan visto tocados por el amor. ¿Y quién no lo ha sido en algún momento de su vida de forma positiva o negativa? ¿Quién no se ha sentido, como él mismo dice, con “el pabellón de la autoestima en lo más alto gracias al amor” o “en lo más bajo gracias al amor”? No, desde luego, “todos los que piensan y sienten que, a pesar de lo que hagas con el pabellón de tu autoestima, cuando te enamoras te la juegas”.

Nuria Mencía

Quizás sólo “los que hayan conseguido que el pabellón de su autoestima no dependa de nadie”. Aquéllos cuya respiración –metáfora que actúa como hilo conductor de la obra- sólo depende de su esfuerzo físico; quizás porque han llevado sus relaciones personales por caminos diferentes a los del sentimiento y la empatía.

Gran actuación la de Nuria Mencía, encarnando a la Nagore llena de angustia y dolor, una mujer perpetuamente descolocada en su nueva vida pero que es capaz  de ilusionarse progresivamente con la vivencia o fantasía con que se encuentra al seguir el consejo materno. También a la que sufre el duro aterrizaje en la la realidad cuando todo vuelve a ella o deshace la fantasía.

Arriba, Verónica Forqué;
abajo, Nuria Mencía
Verónica Forqué acaba de llegar al reparto. Su actuación deja un cierto regusto a “locamadre” sobre el que, sin embargo, no puedo evitar ver la su forma de hacer como actriz por encima de “la chicha” y el espíritu del personaje. Excelente Camila Viyuela como la Leire llena de juventud e ilusión en su relación con Mikel... y una cierta doblez –mejor dicho, una doblez cierta- en las que mantiene con los demás.

Pau Durá hace un Íñigo muy creíble. Es soberbio el monólogo con el que describe el descubrimiento de su expareja, en el que transita por un variado espectro expresivo desde el pasmo a la indiferencia y desde la incredulidad al desgarro. Bien representado el Andoni de Pietro Olivera, de la serenidad zen al descaro autojustificador, y prometedor Martiño Rivas como “gym-man” chulete y descarado; algo menos creíble en sus diálogos con Leire.

Martiño Rivas y Camila Viyuela

“Aaire, soñé por un momento que era aaire...”
Dice Sanzol, que cuando la hija de Nagore está con el padre, Maite introduce a esta “en una fantasía, una historia de amor con varios hombres». Al final, el espectador puede preguntarse si ella puede cantar el estribillo de la vieja canción de Mecano. Si los personajes han vivido de verdad todo todo el episodio que ha visto sobre el escenario. O si todo ha sido simplemente imaginado por Nagore - ella misma lo llama fantasía al final de la obra sin que quede claro el sentido de la palabra-, entre la primera escena con Maite y la llamada final del compañero de instituto. Que, por cierto, se llama Alfredo (¿casualmente?), como el autor. O qué parte de la trama habrá sido vivida por éste o sólo producto de su imaginación o de los talleres de improvisación con los actores de que salió parte del texto. O cómo preferiría cada espectador haber vivido, llegado el caso, una situación de desamor.

Mucha “O” como conjunción (disyuntiva, por cierto, no copulativa). Ahora el trabajo es para cada espectador que quiera asumir la obra en la medida de sus posibilidades o exigencias. Muchos aún seguimos pensando.


Aire...